
Qué rabia me dan los coches que llevan la pegatina de "Bebé a bordo" pegada en la luna trasera. ¿Qué pretenden con eso? ¿Tanta ilusión hace a un padre o a una madre poner la dichosa pegatina? ¿Por qué la gente es tan poco original?

Qué rabia me dan los coches que llevan la pegatina de "Bebé a bordo" pegada en la luna trasera. ¿Qué pretenden con eso? ¿Tanta ilusión hace a un padre o a una madre poner la dichosa pegatina? ¿Por qué la gente es tan poco original?
Ese podría ser el título de un libro de no ficción que no se vendería a cascoporro solo por un motivo: porque la gente no tiene un duro. La cosa está muy mal, y por lo que parece peor se va a poner. La espectacular espiral de subida del precio del ladrillo ha llegado a su fin, y eso está empezando a pasar factura a una boyante economía que está demostrando haber sido tan fantasma como muchos de los empresarios y políticos de tres al cuarto, artífices del tan maravilloso esplendor económico (para unos pocos) de los últimos diez años y culpables del batacazo que actualmente afecta a todos los currantes que no saben cómo llegar a final de mes.
España es un país de fantasmas, y muchos de ellos se han dedicado en la última década a montar empresas, la mayoría relacionadas con el mundo de la construcción. El pastel de la burbuja inmobiliaria ha sido muy jugoso y nadie ha querido dejar de disfrutar su porción. Unos millones por aquí, unas comisiones por allá, y todo el mundo subido al carro de la burbuja. Ah! el lujoso carro que suele ser un Mercedes, un Audi, un BMW o un Jaguar ahora no tira, y hay que empezar a cerrar chiringuitos. Lo que en mi opinión ha sido la crónica de una crisis anunciada.
Sí, crisis. Ni desaceleración económica ni ocho cuartos. Una crisis como un chalé de esos que algunos se han construido en primera linea de costa. CRISIS. No se trata de crear una exagerada alarma social como se ha creado con el reciente tema de la huelga de transportistas, sino de asumir y aceptar la realidad que nos afecta. Bien, hay crisis. Veamos que podemos hacer para salir de ésta. Empiezan a ser necesarias algunas decisiones y algunas medidas que acaben con esta sensación de qué coño está pasando? que invade las cabezas de mucha gente...
Viajar en avión cada día es más complicado, y no lo digo sólo por el precio de los billetes. ¿Quién no se ha encontrado alguna vez en una situación absurda a la hora de pasar un control de seguridad de algún aeropuerto? A mí, sin ir más lejos, en más de una ocasión me han retenido un peligroso desodorante, o con tono desafiante, me han invitado a beber el sospechoso contenido de una botella de agua de 50 cl. Por cierto, el líquido era agua mineral sin gas.
Pero la ridícula psicosis que se generó entorno a la seguridad preventiva en los aeropuertos tras los atentados del 11-S en Nueva York parece no tener límites. Esta mañana he leído en El Periódico de Catalunya la siguiente noticia:
• Un pasajero fue obligado a quitarse la prenda por lucir un robot de 'Transformers'
• El personal de seguridad adujo que el personaje impreso llevaba una pistola
Los controles de seguridad de los aeropuertos siguen siendo una fuente inagotable de situaciones tan absurdas como sorprendentes. E incómodas, cuando no directamente humillantes, para quien las sufre. El penúltimo capítulo de esta larga cadena de sonados despropósitos tuvo lugar hace unas semanas en la nueva terminal T-5 del aeropuerto londinense de Heathrow. Allí, los agentes de seguridad impidieron a un joven embarcar con una camiseta de algodón en la que aparecía un personaje blandiendo una pistola. Y no se trataba de un peligroso terrorista, sino de Optimus Prime, el robot protagonista de Transformers, un cómic y una serie de televisión inspirados en una línea de juguetes infantiles.
Brad Jayakody, un informático de 30 años nacido en Australia y residente en Londres, se disponía a tomar junto con cuatro compañeros de trabajo un vuelo de British Airways con destino a Dusseldorf cuando fue interceptado por uno de los agentes de seguridad. "Me paró y me dijo que no podía subir al avión porque había una pistola en mi camiseta", relató Jayakody en declaraciones a la prensa británica. Estupefacto, el pasajero pidió la presencia de algún responsable de seguridad. "Simplemente, buscaba a alguien con un poco de sentido común", señaló. La tentativa fue inútil, porque el supervisor que se acercó hasta el control secundó la orden de su compañero. "Lo sentimos, pero no podemos dejarle pasar con una pistola en la camiseta", reiteró.
Jayakody no salía de su asombro. "Me quedé pasmado. Creía que el supervisor iba a mostrar sensatez, pero no lo hizo. ¡Era un robot de dibujos animados con un brazo en forma de pistola! ¿Qué se supone que iba a hacer? ¿Usar la camiseta para fingir que llevaba un arma?". Sus protestas de nada sirvieron. Afortunadamente para él, en el equipaje de mano llevaba otra camiseta, sin robots ni pistolas, de modo que pudo cambiarse y pasar a la sala de embarque. "El agente de seguridad me dijo que, si una vez dentro me volvía a cambiar, sería arrestado", explicó.
PALABRAS SOECES
Un portavoz de British Airways aseguró ayer que Jayakody no presentó en su momento ninguna denuncia formal por el trato recibido y apuntó que "si una camiseta lleva impresa una palabra soez o una bomba, por ejemplo, se le puede pedir al pasajero que la lleva que se la quite". Y agregó: "Estamos investigando lo sucedido para ver si entra en esta categoría".
El reglamento secreto de la Unión Europea que regula la seguridad en los aeropuertos --un documento cuyo contenido fue desvelado por EL PERIÓDICO la semana pasada-- no dice absolutamente nada sobre el estampado de las camisetas ni de ninguna otra prenda de ropa. Quizá es que en el Reino Unido sucede como en España, donde el Ministerio de Fomento ha justificado los controles supuestamente arbitrarios con el argumento de que además de las normas de la UE existen una docena de reglamentos internos también secretos, que dependen de Interior.
LARGA LISTA
El caso de Brad Jayakody se suma a una ya muy larga lista de pasajeros o de trabajadores de los aeropuertos a los que se ha vetado el acceso a la salas de embarque por motivos tan peregrinos como llevar unas raquetas de tenis. En otros casos, se ha impedido que se introduzcan bocadillos argumentando que llevaban demasiada salsa (se trataba de mayonesa), se ha obligado a facturar un premio Goya por considerarlo un objeto contundente y se ha forzado a una joven a quitarse los piercings que llevaba en los pezones ya que pitaban en el detector de metales. Tampoco es la suya la primera camiseta considerada inadecuada para volar. En el 2006, a un activista en defensa de los derechos humanos se le impidió embarcar en Nueva York por vestir una camiseta con una inscripción en árabe que decía: "No nos callarán".
El pasajero y su peligrosa camiseta.
Eso sí, si vuestra intención es viajar cargados con unos cuantos kilos de explosivos, o con algún que otro fiambre descuartizado en el interior de vuestro equipaje, os recomiendo viajar en tren o en barco. Por lo visto un tarro de mermelada puede hacer mucho más daño en un avión que algo de dinamita en un barco. Al menos eso es lo que deduzco tras pasar por sus diferentes sistemas de seguridad.

Para qué comentar nada, si la fotografía habla por sí sola. Tan solo una cuestión desde este humilde blog: si ahora les entran a robar rusos, argelinos, portugueses, chilenos y holandeses, ¿pondrán el mismo cartel con la bandera de la ONU?
Como diría Wyoming: la que está liando Zapatero!
Qué grande es la COPE. Cada día tienen la capacidad de sorprenderme un poquito más. ¿Llegará el día que deje de sorprenderme? Por higiene mental y ética, espero que no.
Ayer escuché en la Cadena SER la noticia de que a una redactora de la Cadena COPE la despidieron de la emisora por dos razones: ser simpatizante del BNG (partido nacionalista gallego) y ser lesbiana.
Para los que más o menos conocemos la filosofía de esta mierda de cadena, quizás la noticia no nos resulte tan sorprendente como debería, ya que esta actitud retrógrada y reaccionaria me parece totalmente coherente con el buen hacer demostrado a diario por la emisora del obispado. No obstante, quiero hacer llegar desde aquí mi pequeña denuncia ante estos lamentables hechos.
En la COPE no tienen suficiente con tener en nómina a un energúmeno que se dedica a insultar, manipular y crispar al personal cada mañana. También les es necesario demostrar su manera de entender la libertad despidiendo a una empleada por su condición sexual y política. Los mismos que se amparan en la libertad de expresión para desinformar, alterar e insultar a diario. Maldita hipocresía.
¿Hasta cuando este país va a seguir agachando la cabeza ante las barbaridades de esa banda de maleantes de alto copete llamada Conferencia Episcopal? Basta ya!