Arthur Conan Doyle
PRIMERA PARTE
LA TRAGEDIA DE BIRLSTONE
Capítulo I
LA ADVERTENCIA
- Estoy inclinado a pensar… - dije.
- Yo debería hacer lo mismo - Sherlock Holmes observó impacientemente.
Pienso que soy uno de los más pacientes de entre los mortales; pero admito que me molestó
esa sardónica interrupción.
- De verdad, Holmes - dije con severidad - es un poco irritante en ciertas ocasiones.
Estaba muy absorbido en sus propios pensamientos para dar una respuesta inmediata a mi
réplica. Se recostó sobre su mano, con su desayuno intacto ante él, y clavó su mirada en el
trozo de papel que acababa de sacar de su sobre. Luego tomo el mismo sobre, tendiéndolo
contra la luz y estudiándolo cuidadosamente, tanto el exterior como la cubierta.
- Es la letra de Porlock - dijo pensativo -. Me quedan pocas dudas de que sea su letra,
aunque la haya visto sólo dos veces anteriormente. La e griega con la peculiar colilla hacia
arriba es muy distintiva. Pero si es Porlock, entonces debe ser algo de primera importancia.
Hablaba más consigo mismo que conmigo; pero mi incomodidad desapareció para dar lugar
al interés que despertaron aquellas palabras.
- ¿Quién es ese Porlock? - pregunté.
- Porlock, Watson, es un nom-de-plume, una simple señal de identificación; pero detrás de
ella se esconde una personalidad deshonesta y evasiva. En una carta formal me informó
francamente que aquel nombre no era suyo, y me desafió incluso a seguir su rastro entre los
millones de personas de esta gran ciudad. Porlock es importante, no por sí mismo, sino por
el gran hombre con quien se mantiene en contacto. Imagínese usted al pez piloto con el
tiburón, al chacal con el león, cualquier cosa que sea insignificante en compañía de lo que
es formidable: no sólo formidable, Watson, pero siniestro, en el más alto nivel de lo
siniestro. Allí es cuando entra en lo que le estoy diciendo. ¿Me ha oído usted hablar del
Profesor Moriarty?
- El famoso científico criminal, tan famoso entre los maleantes como…
- ¡Por mi vida, Watson! - murmuró Holmes en tono desaprobatorio.
- Estaba a punto de decir, como desconocido para el público.
- ¡Un poco! En cierto modo - dijo Holmes -. Está desarrollando un inesperado pero cierto
sentido agudo del humor, Watson, contra el que debo aprender a cuidarme. Pero al llamar
criminal a Moriarty está expresando una difamación ante los ojos de la ley. ¡Y es
precisamente allí donde yace la gloria y maravilla de esto! El más grande maquinador de
todos los tiempos, el organizador de cada maldad, el cerebro que controla el sub-mundo, un
cerebro que puede haber construido o destruido el destino de las naciones, ése es nuestro
hombre. Pero tan lejos está de sospechas, tan inmune a la crítica, tan admirable en sus
manejos y sus “actuaciones”, que por esas palabras que acaba de pronunciar, lo podría
llevar a la corte y hacerse con su pensión anual como una reparación a su personalidad
ofendida. ¿No es él el aclamado autor de Las Dinámicas de un Asteroide, un libro que
asciende a tan raras cuestiones de matemática pura, que se dice que no hay individuo en la
prensa científica capaz de criticarlo? ¿Es éste un hombre que delinque? ¡Doctor mal
hablado y profesor calumniado, esos serían sus respectivos roles! Eso es ser un genio,
Watson. Pero si soy eximido por gente de menor inteligencia, nuestro día seguramente
vendrá.
- ¡Espero estar ahí para verlo! - exclamé con devoción -. Pero estábamos hablando de este
hombre, Porlock.
- Ah, sí, el así llamado Porlock es un eslabón en la cadena a poco camino de su gran
obsesión. Entre nosotros, Porlock no es un eslabón real. Es el único defecto en esa cadena
hasta donde he podido observarla.
- Pero ninguna cadena es más fuerte que su enlace más débil.
- ¡Exacto, mi querido Watson! Aquí esta la extrema importancia de Porlock. Guiado por
aspiraciones rudimentarias hacia el derecho, y estimulado por un ocasional cheque por diez
libras enviado para él a través de métodos indirectos, me ha dado una o dos veces
información avanzada que ha sido de valor, del más grande valor, puesto que anticipa y
previene más que vengar el crimen. No puedo dudar de ello, si tuviéramos la clave,
encontraríamos que esta comunicación es de la naturaleza que digo.
Otra vez Holmes aplastó el papel contra su plato intacto. Yo me levanté e, inclinándome
hacia él, observé detenidamente la curiosa inscripción, que decía lo siguiente:
534 C2 13 127 36 31 4 17 21 41
DOUGLAS 109 293 5 37 BIRLSTONE
26 BIRLSTONE 9 47 171
- ¿Qué saca de esto Holmes?
- Es obviamente un intento de transmitir información secreta.
- ¿Pero cuál es el sentido de un mensaje en cifras sin la clave?
- En este momento, no del todo.
- ¿Qué quiere decir con “en este momento”?
- Porque hay muchos números que yo leeré tan fácil como la apócrifa al final de una
columna de avisos: Medios tan crudos entretienen a la inteligencia sin siquiera fatigarla.
Pero esto es diferente. Es claramente una referencia a las palabras de la página de algún
libro. Hasta que me diga qué página y qué libro no puedo hacer nada.
- ¿Pero por qué “Douglas” y “Birlstone”?
- Obviamente porque dichas palabras no están en la página en cuestión.
- ¿Entonces por qué no ha indicado el libro?
- Su agudeza innata, mi querido Watson, esa astucia que es el deleite de sus amigos, lo
prevendría de colocar la clave y el mensaje en el mismo sobre. En caso que se extravíe,
estaría incompleto. Por ello, ambos deben ir por distintos rumbos antes que algún peligro
los amenace. Nuestra segunda pista está atrasada, y estaría sorprendido si no nos trae o una
explicación más detallada de la carta, o, lo que es más probable, el mismo volumen a lo que
estos números se refieren.
Los cálculos de Holmes se realizaron en pocos minutos con la aparición de Billy, el
botones, con la carta que estábamos esperando.
- La misma letra, - me indicó Holmes, al abrir el sobre - y esta vez está firmada - añadió
con interés mientras abría la epístola -. Vamos, ya estamos llegando, Watson -. Sin
embargo, su frente se nubló al fijarse en el contenido.
- ¡Por Dios!, estoy es muy decepcionante. Me temo, Watson, que todas nuestras
expectativas chocaron con nada. Confió en que este hombre, Porlock, saldrá sin problemas
de esto.
“Estimado Mr. Holmes [decía]:
“No iré más lejos en el asunto. Es demasiado peligroso, el sospecha de mí. Puedo
ver que él sospecha de mí. Vino inesperadamente luego de que escribiese la
dirección en el sobre con la intención de enviarle la clave del cifrado. Fui capaz de
esconderla. Si la hubiera visto, me hubiera ido realmente mal. Pero puedo leer la
desconfianza en sus ojos. Por favor queme el mensaje en cifras, que ahora ya no
puede ser útil para usted.”
“FRED PORLOCK”
Holmes se sentó por un momento retorciendo esta misiva entre sus dedos, frunciendo las
cejas, mientras se detenía junto al fuego.
- Después de todo – dijo finalmente – puede que no haya nada en él. Puede ser sólo su
conciencia culpable. Conociéndose a sí mismo como traidor, puede haber leído una
acusación en los ojos de los demás.
- La otra persona a la que se refiere, presumo, que es Moriarty.
- ¡Nada menos! Cuando cualquiera de esa sociedad habla de “él” uno sabe a quién se
refiere. Hay un “él” predominante entre todos ellos.
- ¿Pero qué puede hacer él?
-¡Hum! Ésa es una gran pregunta. Cuando tienes a uno de los primeros cerebros de Europa
en tu contra, y todos los poderes de la oscuridad tras él, hay infinitas posibilidades. De
cualquier manera, el amigo Porlock está evidentemente asustado por encima de todas las
sensaciones. Cuidadosamente compare la escritura en la nota con la del sobre, que fue
hecha, él nos lo dijo, antes de esa inesperada visita. Ésta es clara y firme, la otra es
difícilmente legible.
- ¿Pero por qué escribió después de todo? ¿Por qué no simplemente tiró la nota?
- Porque temía que yo hiciera algunas investigaciones sobre él en ese caso, y le llevara
muchos problemas.
- Sin duda – dije -. Por supuesto -. Había levantado el cifrado original y doblé mi frente
hacia él -. Es un poco sorprendente saber que un importante secreto pueda yacer en este
pedazo de papel, y que penetrar en él está más allá de los poderes humanos.
Sherlock Holmes había apartado su desayuno sin probar y encendió su pipa sin sabor que
era su compañía en sus profundas meditaciones.
- Me pregunto… – dijo, recostándose y observando el techo -. Tal vez hay puntos que
hayan escapado su pensamiento maquiavélico. Consideremos el problema en la luz de la
razón pura. La referencia de este hombre es un libro. Ése es nuestro punto de partida.
- Uno algo vago.
- Veamos si lo podemos acortar. A la par que concentro mi mente en ello, éste se vuelve en
algo un poco menos impenetrable. ¿Qué indicaciones tenemos acerca de este libro?
- Ninguna.
- Bueno, bueno, seguramente no es tan malo como eso. El mensaje comienza con un grande
534, ¿no es así? Podemos tomar como una hipótesis que el 534 es la página en particular a
la que el cifrado se refiere. Así, nuestro libro se ha convertido en un gran libro, que ya es
algo. ¿Qué otras indicaciones tenemos sobre la naturaleza de este gran libro? El siguiente
signo es C2. ¿Qué saca de eso, Watson?
- Segundo capítulo, sin duda.
- Eso es muy difícil, Watson. Usted, estoy seguro, estará de acuerdo conmigo en que si se
nos ha dado la página, el número del capítulo ya no tiene relevancia. También que si la
página 534 recién está en el segundo capítulo, la longitud de la primera debe ser bastante
intolerable.
- Columna – exclamé.
- Brillante, Watson. Está muy despierto esta mañana. Si no significa columna, entonces
estoy completamente engañado. Ahora, ve usted, comenzamos a vislumbrar un gran libro,
impreso en columnas dobles que son de considerable extensión, pues una de las palabras
está indicada en documento como la doscientos noventa y tres. ¿Ya hemos llegado a los
límites que la razón nos puede proveer?
- Me temo que ya los hemos tocado.
- Ciertamente comete una injusticia consigo mismo. Un centelleo más, mi querido Watson,
sólo un poco más de esfuerzo cerebral. Si el volumen hubiera sido una rareza, me lo habría
enviado. En lugar de eso, el quiso, antes que sus planes se derrumbaran, enviarme las pistas
en ese sobre. Él lo dice en la nota. Esto quiere decir que el libro es uno el cual él piensa que
no tendré dificultad alguna en encontrarlo por mí mismo. Él lo posee, y se imaginará que yo
poseo uno también. En resumen, Watson, este es un libro muy común.
- Lo que dice suena muy plausible.
- Así, hemos reducido nuestro campo a un libro extenso, impreso en dobles columnas y de
uso cotidiano.
- ¡La Biblia! – pronuncié triunfante.
- ¡Bien, Watson, bien! ¡Aunque no, si puedo decirlo, lo suficiente! No podría nombrar otro
volumen que se asociara tan poco con los hombres de Moriarty. Además, las ediciones de
las Sagradas Escrituras son tan numerosas que difícilmente supondrá que dos copias
tendrán los mismos números de página. Éste es claramente un libro que está estandarizado.
Da por seguro que su página 534 se corresponderá con mi página 534.
- Pero pocos libros tienen esas características.
- Exacto. He ahí nuestra salvación. Nuestra búsqueda se ha reducido a libros estandarizados
que cualquiera puede tener.
- ¡Bradshaw!
- Hay ciertas dificultades, Watson. El vocabulario de Bradshaw es nervioso y lacónico,
limitado. La selección de palabras vagamente se prestaría para enviar mensajes generales.
Eliminaremos Bradshaw. El diccionario es, me temo, inadmisible por la misma razón. ¿Qué
es lo que queda?
- ¡Un almanaque!
- ¡Excelente, Watson! Hubiera estado equivocado si no hubieras tocado con ese punto. ¡Un
almanaque! Consideremos los servicios del Whitaker’s Almanac. Es de uso común. Tiene
el número de páginas requerido. Está en dos columnas. Aunque reservado en su
vocabulario al inicio, se convierte, si mal no recuerdo, en algo muy locuaz hacia el final –
cogió el volumen de su carpeta –. He aquí, página 534, segunda columna, una substancial
columna sobre las relaciones de estampados, me parece, con el comercio y recursos de la
India Británica. ¡Apunte las palabras, Watson! El número trece es “Mahratta”. Me temo que
no es un comienzo muy prometedor. Número ciento veintisiete es “Gobierno”, lo que al
menos tiene sentido, aunque algo irrelevante para nosotros y el Profesor Moriarty. Ahora,
intentemos de nuevo. ¿Qué es lo que hace el Gobierno de Mahratta? La siguiente palabra es
“cerdas”. ¡Estamos acabados, mi querido Watson! ¡Se terminó!
Había hablado en sentido burlón, pero la contracción de sus pobladas cejas anunciaba su
decepción e irritación. Me senté sin poder ayudar y descontento, observando el fuego. Un
largo silencio fue roto por una súbita exclamación de Holmes, que corrió al armario del que
emergió con un segundo volumen color amarillo en su mano.
- ¡Pagamos el precio, Watson, por están tan al corriente con las fechas! – exclamó –. Lo
estamos, y sufrimos los castigos usualmente. Siendo sólo el 7 de enero, hemos confiado a
ciegas en el nuevo almanaque. Es muy probable que Porlock tomara su mensaje del
anterior. No hay duda de que nos lo habría dicho de haber escrito su nota de explicación.
Ahora veamos que nos aguarda la página 534. Número trece es “Hay”, lo que es mucho
más prometedor. Número ciento veintisiete es “un”. “Hay un” – los ojos de Holmes
brillaban de excitación y sus delgados y nerviosos dedos temblaban mientras pronunciaba
las palabras. “Peligro”, ¡Ha, ha! ¡Importante! Ponga eso, Watson. “Hay” “un” “peligro”
“puede” “venir” “muy” “pronto” “uno”. Luego tenemos el nombre “Douglas” “rico”
“hombre del campo” “ahora” “en” “Birlstone” “House” “Birlstone” “confidencia” “es”
“urgente” (“There” “is” “danger” “may” “come” “very” “soon” “one” “Douglas” “rich”
“country” “now” “at” “Birlstone” “House” “Birlstone” “confidence” “is” “pressing”). ¡Lo
tenemos, Watson! ¿Qué piensa de la razón pura y su fruto? Si el tendero tuviera algo así
como una corona de laureles, debería enviar a Billy inmediatamente por una.
Me quedé mirando fijamente el mensaje que había garabateado, mientras él lo descifraba,
en una hoja de papel oficio en mi rodilla.
- ¡Qué rara y enmarañada manera de expresar su significado! – dije.
- Por el contrario, lo ha hecho de una forma muy notable – dijo Holmes –. Cuando uno
busca en una columna palabras para precisar un significado, difícilmente puedes hallar
todas las que quisieras. Estás obligado a dejar algo para la inteligencia de tu
correspondiente. El significado está perfectamente claro. Una maldad se está tramando en
contra de un tal Douglas, que quien quiera que sea, es un rico caballero campestre. Está
seguro, “confidencia” fue lo más cerca que pudo tener a “confidente”, que es apremiante.
He allí nuestro resultado, y un trabajo muy bien elaborado en análisis terminó siendo.
Holmes tenía la alegría imprecisa de un verdadero artista en su mejor trabajo, incluso
mientras se lamentaba oscuramente cuando caía debajo del gran nivel al que él aspiraba.
Aún se reía muy discretamente cuando Billy abrió la puerta y el inspector MacDonald de
Scotland Yard fue conducido al cuarto.
Esos eran los primeros días a finales de los 80’s cuando Alec MacDonald estaba lejos de
haber alcanzado la fama nacional que ahora ha alcanzado. Era un joven, pero en el cual se
depositaba confianza, miembro del departamento de detectives, que se había distinguido en
varios casos que se le habían encomendado. Su alta y huesuda figura daba rasgos de
excepcional fuerza física, que su gran cráneo y profundos, lustrosos ojos hablaban no
menos de su filosa inteligencia que chispeaba de sus frondosas cejas. Era un callado y
preciso hombre con un temperamento serio y un fuerte acento de Aberdeen.
Dos veces en su carrera le ayudó Holmes en alcanzar el éxito, siendo su única recompensa
el disfrute intelectual en los problemas. Por esta razón, la inclinación y el respeto del
escocés hacia su colega amateur eran profundos, y él los demostraba con la franqueza con
la que consultaba a Holmes en cada dificultad. La mediocridad no conoce nada más allá de
ella, pero el talento instantáneamente reconoce a los genios, y MacDonald tenía talento
suficiente para su profesión para permitirle percibir que no había humillación en buscar la
asistencia de alguien ya se erguía entre toda Europa, tanto en sus dones como en su
experiencia. Holmes no estaba predispuesto a la amistad, pero era tolerante con el gran
escocés, y sonrió al aparecer su figura.
- Usted es un madrugador, Mr. Mac – dijo él – le deseo suerte con su gusano. Me temo que
esto significa que hay alguna diablura en marcha.
- Si dijera “espero” en lugar de “me temo”, estaría más cerca de la verdad. Estoy pensando,
Mr. Holmes, - el inspector respondió con una sonrisa -. Bien, tal vez un pequeño trago
disipará el frío de la cruda mañana. No, no fumaré, gracias. Deberé esforzarme mucho,
pues las horas más tempranas de un caso son las más preciosas, como no sabe otro hombre
mejor que usted. Pero…, pero…
El inspector se había detenido de repente, y miraba fijamente con absoluto asombro un
papel que había sobre la mesa. Era la hoja sobre la que había garabateado el enigmático
mensaje.
- ¡Douglas! – balbuceó - ¡Birlstone! ¿Qué es esto, Mr. Holmes? ¡Hombre, eso es una
brujería! ¿Dónde, en nombre de todos los dioses, consiguió estos nombres?
- Es un código que el Dr. Watson y yo tuvimos oportunidad de resolver. ¿Pero por qué, qué
hay de extraño con esos nombres?
El inspector nos miraba al uno y al otro con sorpresa confundida.
- Sólo esto – dijo –, que Mr. Douglas de Birlstone Manor House fue horriblemente
asesinado anoche.
Capítulo 2
SHERLOCK HOLMES HACE UN DISCURSO
Era uno de esos dramáticos momentos por los que mi amigo existía. Hubiera sido una
exageración decir que estaba alterado o incluso excitado por el increíble aviso. Sin tener
una pizca de crueldad en su singular composición, era indiscutiblemente duro a partir de
una larga sobreestimulación. Aún así, si sus emociones eran opacas, sus percepciones
intelectuales eran excesivamente activas. No había ni rastro del horror que yo sí había
sentido con esa cruda declaración, pero su rostro mostró, en su lugar, la quieta e interesada
postura del químico que ve los cristales cayendo de su posición inicial por la solución
sobresaturada.
- ¡Extraordinario! –dijo - ¡Extraordinario!
- No se ve muy sorprendido.
- Interesado, Mr. Mac, pero apenas sorprendido. ¿Por qué debería estarlo? Recibo un
mensaje anónimo de un origen que sé que es importante, advirtiéndome que un peligro
amenaza a cierta persona. En una hora me entero que este peligro ya se ha materializado y
que la persona está muerta. Estoy interesado; pero, como observa, no estoy sorprendido.
En pocas cortas oraciones explicó al inspector los hechos acerca de la carta y el cifrado.
MacDonald se sentó con su mentón en sus manos y sus grandes y rojizas cejas juntadas en
un embrollo amarillo.
- Me iba a dirigir a Birlstone esta mañana – dijo -. Vine a preguntarle si le interesaba venir
conmigo… usted y su amigo aquí. Pero por lo que dice podríamos quizá hacer un mejor
trabajo en Londres.
- Más bien pienso que no – señaló Holmes.
- ¡Mire bien esto, Mr. Holmes! – exclamó el inspector -. Los periódicos estarán llenos del
misterio de Birlstone en un día o dos; ¿pero dónde está el misterio si hay un hombre en
Londres que profetizó el crimen antes de que ocurriera? Solamente debemos echar el
guante a ese hombre, y el resto vendrá por sí solo.
- Sin duda, Mr. Mac. ¿Pero cómo se propone echar el guante al tal Porlock?
MacDonald volteó la carta que Holmes le había alcanzado.
- Echada en Camberwell… eso no nos ayuda mucho. El nombre, usted dice, es falso. No
hay mucho para avanzar, de verdad. ¿No dijo que le había enviado dinero?
- Dos veces.
- ¿Y cómo?
- En cheques a la oficina de correos de Camberwell.
- ¿Alguna vez se molestó en ir a ver quién los cobraba?
- No.
El inspector se vio estupefacto y un poco sacudido.
- ¿Por qué no?
- Porque siempre mantengo la fe. Le prometí cuando escribió por primera vez que no
intentaría rastrearlo.
- ¿Piensa que hay alguien tras él?
- Sé que lo hay.
- ¿El profesor que lo oí mencionar?
- ¡Exactamente!
El inspector MacDonald se sonrió, y su párpado se estremeció mientras observaba hacia mí.
- No se lo ocultaré, Mr. Holmes, pero en la División de Investigaciones Criminales creemos
que siente algo así como una abeja en su sombrero cuando habla sobre este profesor. He
hecho averiguaciones al respecto por mí mismo. Parece ser una clase de hombre muy
respetable, ilustrada y talentosa.
- Me alegro que haya ido tan lejos como para reconocer su talento.
- ¡Hombre, no puede sino reconocerlo! Después de ver su punto de vista hice que mi tarea
fuera ir a verlo. Tuve una conversación con él sobre los eclipses. Cómo la charla fue hacia
ese camino no lo sé; pero con una linterna de reflexión y un globo terráqueo lo aclaró todo
en un minuto. Me prestó un libro; pero no me preocupa decir que está un poco avanzado
para mí cabeza, a pesar que tengo una buena educación de Aberdeen. Él hubiera sido un
gran ministro con esa delgada cabeza y gris cabello y manera de hablar solemne. Cuando
puso su mano en mi hombro al despedirnos, fue como la bendición de un padre antes de ir a
un mundo frío y cruel.
Holmes dejó ver una risita y frotó sus manos.
- ¡Estupendo! – dijo - ¡Estupendo! ¿Dígame, amigo MacDonald, esta agradable y
conmovedora entrevista fue, me imagino, en el estudio del profesor?
- Así es.
- Una bonita habitación, ¿no es cierto?
- Muy bonita… muy elegante mejor dicho, Mr. Holmes.
- ¿Se sentó frente a su escritorio?
- Justo lo que dice.
- ¿El sol caía en los ojos de usted y la cara de él estaba en sombras?
- Bueno, ya era de tarde; pero recuerdo que la lámpara estaba dando a mi rostro.
- Debería estarlo. ¿Pudo ver una pintura encima de la cabeza del profesor?
- No me pierdo de mucho, Mr. Holmes. Quizás aprendí ello de usted. Sí, ví la pintura… una
mujer joven con su cabeza en sus manos, asomándose de lado a lado.
- Ese cuadro está hecho por Jean Baptiste Greuze.
El inspector se esforzó en verse intrigado.
- Jean Baptiste Greuze – Holmes continuó, juntando la punta de sus dedos y recostándose
en su silla – fue un artista francés que floreció entre los años 1750 y 1800. Aludo,
verdaderamente, su carrera artística. La crítica moderna ha hecho más que respaldar la alta
opinión que tenían de él sus contemporáneos.
Los ojos del inspector se agrandaron abstractamente.
- No sería mejor… - manifestó.
- Lo estamos haciendo – Holmes lo interrumpió -. Todo lo que estoy diciendo tiene un lazo
muy directo y vital con lo que usted ha llamado el Misterio de Birlstone. De hecho, puede
ser en un sentido el mismo centro de él.
MacDonald sonrió débilmente, y me miró como buscando mi apoyo.
- Sus pensamientos se mueven demasiado rápido para mí, Mr. Holmes. Deja un eslabón o
dos, y no puedo cruzar la brecha. ¿Cuál en todo el grande y ancho mundo puede ser la
conexión entre este fallecido pintor y lo acontecido en Birlstone?
- Todo conocimiento es útil para el detective – remarcó Holmes -. Incluso la certeza trivial
que en el año 1865 un cuadro de Greuze titulado “La Jeune Fille a l’Agneau” alcanzó un
millón doscientos mil francos, más de cuarenta mil libras, en la venta de Portalis puede
comenzar un tren de reflexiones en su mente.
Era claro que lo logró. El inspector se vio honestamente atraído.
- Puedo recordarle – continuó Holmes – que el salario del profesor puede ser averiguado en
varios libros confiables de referencias. Es de setecientos al año.
- Entonces cómo pudo comprar…
- ¡Así es! ¿Cómo pudo?
- Hey, eso es sorprendente – dijo el inspector consideradamente -. Diga más, Mr. Holmes.
Lo estoy disfrutando. ¡Es grandioso!
Holmes sonrió. Siempre se entusiasmaba por una genuina admiración, la característica del
real artista.
- ¿Qué hay acerca de ir a Birlstone?
- Tenemos tiempo aún – contestó el inspector, mirando su reloj -. Tengo un taxi en la puerta
y no nos tomará ni veinte minutos en llegar a Victoria. Pero sobre esta pintura: Pensé que
me había dicho una vez, Mr. Holmes, que nunca se hubo encontrado con el Profesor
Moriarty.
- No, nunca lo he hecho.
- ¿Entonces, cómo conoce sus habitaciones?
- Ah, ése es otro punto. He estado tres veces en sus aposentos, dos de ellas esperándolo bajo
diferentes pretextos y retirándome antes que regrese. Una vez… bueno, difícilmente puedo
contarle sobre esa vez a un detective oficial. Fue en la última ocasión que me tomé la
libertad de rebuscar entre sus papeles… con los más inesperados resultados.
- ¿Halló algo comprometedor?
- Absolutamente nada. Eso fue lo que me impresionó. Sin embargo, ha visto ahora el
motivo de hablar de la pintura. Demuestra que es un hombre muy pudiente. ¿Dónde
adquiere sus riquezas? Es soltero. Su hermano menor es un director de estación en el oeste
de Inglaterra. Su cátedra vale setecientas al año. Y tiene un Greuze.
- ¿Bueno?
- Seguramente la inferencia sencilla.
- ¿Quiere usted decir que posee un gran ingreso y que debe obtenerlo de la manera ilegal?
- Exacto. Obviamente tengo otras razones para pensar en ello… docenas de pequeños hilos
que nos llevan vagamente hacia el centro de la telaraña donde la venenosa, inmóvil criatura
está al acecho. Sólo mencioné al Greuze porque lleva al asunto al rango de su propia
observación.
- Bueno, Mr. Holmes, admito que lo que dice es cautivante: es más que cautivante… es
soberbio. Pero vamos a hacerlo un poco más despejado si usted puede. ¿Es falsificación,
acuñación de monedas falsas, robos… de dónde proviene el dinero?
- ¿Ha leído alguna vez sobre Jonathan Wild?
- Bueno, el nombre me suena familiar. Un personaje de novela, ¿no es así? Yo no sé mucho
de detectives de novelas… sujetos que hacen las cosas y nunca te dejan ver cómo las
hicieron. Eso es sólo inspiración: no es mi negocio.
- Jonathan Wild no fue un detective, y no pertenece a una novela. Era un maestro criminal,
y vivió en el siglo pasado… 1750 o en sus alrededores.
- Entonces no tiene ningún uso para mí. Soy un hombre práctico.
- Mr. Mac, la cosa más práctica que pueda hacer en su vida es encerrarse por tres meses y
leer doce horas al día los anales del crimen. Todo viene en círculo, incluso el Profesor
Moriarty. Jonathan Wild era la fuerza oculta de los criminales de Londres, por lo que
vendía sus cerebros y su organización por una comisión del quince por ciento. La vieja
rueda se vuelve, y el mismo discurso se repite. Todo ya ha sido hecho antes, y lo será de
nuevo. Le diré una o dos cosas acerca de Moriarty que le podrían atraer.
- Desde luego que me atraerá, ya de por sí.
- Yo sé quién es el primer eslabón en su cadena… una cadena con este Napoleón envilecido
a un lado y un ciento de peleadores arruinados, ladronzuelos, chantajistas y fulleros al otro,
con cualquier clase de crimen en medio. Su jefe de estado mayor es el coronel Sebastian
Moran, tan reservado y guardado e inaccesible a la ley como él mismo. ¿Cuánto cree que le
paga?
- Me gustaría escucharlo.
- Seis mil al año. Eso es pagar por cerebros, ve usted, el principio de negocios americano.
Conseguí ese detalle casi por casualidad. Es más de lo que gana el Primer Ministro. Eso le
da una idea de las ganancias de Moriarty y la escala en la que trabaja. Otro punto: Hice que
mi trabajo fuese seguir algunos de los cheques de Moriarty últimamente… sólo comunes e
inocentes cheques con los que paga las facturas de su renta. Estaban girados en seis
distintos bancos. ¿Eso hace alguna impresión en su mente?
- ¡Singular, ciertamente! ¿Pero qué obtiene de ello?
- Que no quiere esparcir comentarios sobre su riqueza. Ningún hombre debe saber lo que
tiene. No dudo de que tenga veinte cuentas bancarias; el grueso de su fortuna en el exterior
en el Deutsche Bank o el Credit Lyonnais es probable. Alguna vez cuando tenga un año o
dos para disponer le recomendaría el estudio del Profesor Moriarty.
El inspector MacDonald se mostraba firmemente más impresionado a la par que la
conversación procedía. Se había perdido en su fascinación. Ahora, su práctica inteligencia
escocesa lo trajo de vuelta con un chasquido al asunto en cuestión.
- Se puede cuidar, de todos modos – prorrumpió -. Nos tuvo desviados con sus curiosas
anécdotas, Mr. Holmes. Lo que realmente cuenta es su observación de que hay una
conexión entre este profesor y el crimen. Eso lo sabe por la advertencia recibida a través del
hombre Porlock. ¿Podemos, por nuestras necesidades prácticas presentes, ir más lejos de
ello?
- Podemos formar una concepción sobre los motivos del crimen. Es, como lo percibo por
sus primeros comentarios un inexplicable, o por lo menos inexplicado, crimen. Ahora,
asumiendo que el origen del crimen es quien sospechamos, pueden haber dos motivos
diferentes. En primer lugar, debo decir que Moriarty gobierna con una barra de hierro sobre
su gente. Su disciplina es tremenda. Sólo hay un castigo en su código. Es la muerte.
Entonces podemos suponer que este hombre asesinado, este Douglas cuya próxima suerte
fue conocida por uno de los subordinados del archicriminal, hubo de alguna manera
traicionado al jefe. Su castigo siguió a ello, y debió ser sabido por todos… tal vez
solamente para poner terror de muerte sobre todos ellos.
- Bueno, eso es una sugestión, Mr. Holmes.
- La otra es que fue maquinado por Moriarty en el ordinario curso de sus trabajos. ¿Hubo
algún hurto?
- No lo he oído.
- Si lo hay, estará, por supuesto, en contra de la primera hipótesis y a favor de la segunda.
Moriarty pudo ser contratado para dirigir eso con la promesa de repartir el botín, o pudo
haber sido pagado lo suficiente para encargarse de ello y nada más. Cualquiera es posible.
Pero cualquiera que sea, o si es una tercera combinación, es en Birlstone donde debemos
hallar la solución. Conozco a nuestro hombre lo suficiente para saber que ha dejado algo
allí que nos llevará el camino hacia él.
- ¡Entonces a Birlstone iremos! – gritó MacDonald saltando de su silla -. ¡Mi Dios! Es más
tarde de lo que creía. Les puedo dar, caballeros, cinco minutos para que se preparen, y eso
es todo.
- Y es bastante para ambos – respondió Holmes mientras se incorporaba y se apuraba en
cambiar su batín por su abrigo -. Mientras estemos en la ruta, Mr. Mac, le pediré que sea
bueno y nos diga todo sobre el problema.
“Todo sobre el problema” resultó ser decepcionantemente poco, y sin embargo era lo
suficiente para asegurarnos que en este caso valía la pena atraer la atención más grande del
experto. Se animó y restregó sus delgadas manos mientras escuchaba los escasos pero
importantes detalles. Una larga serie de semanas estériles yacía detrás de nosotros, y por fin
había un apropiado objeto para esos increíbles poderes que, como todos los dones
especiales, se volvían tediosos para su propietario cuando no se usaban. Ese afilado cerebro
se despuntaba y oxidaba con la inacción.
Los ojos de Sherlock Holmes relucían, sus pálidas mejillas tomaban un matiz más cálido, y
su ansioso rostro brillaba con una luz interior cuando le llegaba la llamada al trabajo.
Reclinándose hacia delante en el taxi escuchó, atentamente a MacDonald el pequeño
esbozo del problema que nos esperaba en Sussex. El inspector dependía, como nos explicó,
de una cuenta garabateada y dirigida a él por el tren de la leche en las tempranas horas de la
mañana. White Mason, el oficial local, era un amigo personal, y por lo tanto MacDonald
había sido notificado más prontamente de lo usual para Scotland Yard cuando los
provincianos requieren su asistencia. Es un rastro muy frío sobre el cual el experto
metropolitano es generalmente solicitado para actuar.
“Estimado inspector MacDonald [decía la carta que nos leyó]:
“La requisición oficial de sus servicios está en otro sobre. Esto es para su ojo
privado. Telegrafíeme sobre el tren que en la mañana lo llevará hacia Birlstone, y lo
recibiré… o lo haré recibir si estoy muy ocupado. Este caso es muy penoso. No
desperdicie ni un momento en comenzar. Si puede traer a Mr. Holmes, por favor
hágalo; porque él de seguro encontrará algo tras su propio corazón. Pensaríamos
que todo ha sido arreglado para un efecto teatral si no hubiera un hombre muerto en
medio de todo. ¡Por Dios! Es muy penoso.”
- Su amigo no parece ningún tonto – remarcó Holmes.
- No, señor, White Mason es un hombre muy enérgico, si se me puede considerar un juez.
- Bueno, ¿tiene algo más?
- Sólo que nos dará todos los detalles cuando nos reunamos con él.
- ¿Entonces cómo sabe lo de Mr. Douglas y el hecho que fue horriblemente asesinado?
- Eso estaba en el cubierto informe oficial. No decía “horrible”: ése no es un término oficial
reconocido. Daba el nombre de John Douglas. Mencionaba que sus heridas fueron en la
cabeza, por la descarga de una escopeta. También mencionaba la hora de la alarma, que fue
cerca de la medianoche de anoche. Añadía que el caso era indudablemente uno de
asesinato, pero que ningún arresto había sido hecho, y que el caso era uno que presentaba
algunos detalles perplejos y extraordinarios. Eso es absolutamente todo lo que tenemos al
presente, Mr. Holmes.
- Ahora, con su permiso, lo dejaremos tal como está, Mr. Mac. La tentación de formar
teorías prematuras con datos insuficientes es la ruina de nuestra profesión. Puedo ver
solamente dos cosas certeras por el momento… un gran cerebro en Londres, y un hombre
muerto en Sussex. Es la cadena de en medio la que vamos a rastrear.
Capítulo 3
LA TRAGEDIA DE BIRLSTONE
Ahora por un momento pediré remover mi propia insignificante personalidad para describir
los eventos que ocurrieron antes de arribar a la escena por medio de la luz de conocimiento
que nos llegó mucho después. Sólo en este forma puedo hacer que el lector aprecie la gente
concernida y el extraño escenario en el cual su suerte estaba echada.
El pueblo de Birlstone es un pequeño y muy antiguo grupo de casitas de mitad
enmaderadas en la frontera norte del condado de Sussex. Por siglos ha permanecido sin
cambios, pero en los últimos años su pintoresca apariencia y situación ha atraído a un
número de bienhechores residentes, cuyas casas de campo se atisban desde los bosques a su
alrededor. En la localidad se cree que estos bosques son el extremo fleco del gran bosque
de la campiña que se estrecha hasta que llega a los yacimientos de yeso al norte. Un número
de pequeñas tiendas han surgido para satisfacer las necesidades de la creciente población;
pues hay algunos prospectos que dicen que Birlstone pronto pasará de ser una villa
anticuada a un moderno lugar. Es el centro de una considerable área de campo, pues
Tunbridge Wells, el sitio de importancia más cercano, está a diez o doce millas al este, en
las fronteras con Kent.
A una media milla del pueblo, construido en un viejo parque famoso por sus enormes
árboles de haya, está la antigua Manor House de Birlstone. Una parte de este venerable
edificio data del tiempo de la primera cruzada, cuando Hugo de Capus erigió una fortaleza
en el centro de la hacienda, que le fue dada por el Rey Rojo. Ésta fue destruida por el fuego
en 1543, y algunas de sus piedras en las esquinas, ennegrecidas por el humo, fueron usadas
cuando, en tiempos jacobinos, una gran casa de campo emergió de las ruinas del castillo
feudal.
Manor House, con sus múltiples aleros y sus pequeños cristales romboides en las ventanas,
era casi la misma que el constructor dejó a comienzos del siglo XVII. De los dos fosos que



























