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Arruillo

Visita al medio natural: Los Royos

Publicado el 20/07/2007 a las 10:11 en Naturaleza
                                                           SEGURA DE LA SIERRA “LOS ROYOS”
                                                           5/12/92
 
Salimos de Sevilla a las 7’15h tres coches con once componentes del grupo. Desayuno en Villa del Río, tras unas horas de monótona autovía y visión en varios tramos del revuelto Guadalquivir. Lluvia minuciosa, sin excesivo tráfico. Comienza a amanecer, abandonamos el tránsito fácil y nos vamos introduciendo poco a poco en lo olivos. El color rojizo del suelo y los abundantes charcos ponen la nota característica; compramos pan en Villacarrillo, dejamos a un lado Iznatoraf, observamos a lo lejos la grandeza de los montes entre nubes y a ratos se ve el Sol. Al desviarnos hacia La Puerta de Segura, ya se ve todo el esplendor de Segura de la Sierra; destaca su fortaleza, colocada casi esculpida en la roca. Tras el tránsito pertinente nos quedamos en la casa, sita al borde de una carretera rural, en medio de un denso bosque de pinos; posee una chimenea, tres habitaciones y una situación privilegiada para gozar de la Naturaleza con mayúsculas. Recogida de leña para alimentar el fuego y paseo por los alrededores para descubrir gran variedad de pinos, robles, encinas, chopos...formando un bosque donde parece mentira que a un metro de altura pueda uno encontrarse un nido abandonado. Se observan buitres, urracas, mientras las luces de la tarde van llegando poco a poco a su fin. La casa se encuentra enclavada a media ladera del impresionante Navalperal. Entre otras podemos destacar la presencia de sauces, zarzas, escaramujos, endrinos. La tarde noche transcurre apacible en el interior del confortable habitáculo. Tememos al frío y nos aprovisionamos de mantas. Resultó ser más fiero el león, aunque el viento sopló fuerte durante la noche. Una cama a los pies de la chimenea es algo que no todos los días se está en disposición de poseer.
SEGUNDO DIA EN LOS ROYOS
Día especial, ya que por primera vez desde que empezó la historia del grupo, me he quedado sólo realizando un viejo deseo de tiempo atrás. Como era de prever el día resultó provechoso al máximo; hasta la hora de escribir estas líneas, ocurrieron los siguientes hechos:
Carretera arriba en dirección al Campamento Juvenil “Las Acebeas” se descubre la cantidad de basura que aún se tira por la ventanilla del coche, como si fuese algo que se volatizase al lanzarla: latas de aceite, botellas, latas, cartones. Todo ello mezclado con el sobrante natural del bosque constituye un excelente pastel para ser devorado cuando los primeros rayos solares hagan su aparición. Agujeros de picos, hongos orejudos que se apoderan de los tocones, pinos de variedades infinitas, robles, chopos, plátanos y los asombrosos acebos con sus pendientes rojos adornando el camino. Me sigue llamando la atención esa curiosa simbiosis entre las enredaderas y los árboles largos y frondosos que parece como un reto a ver quien aguanta más.
Nubes, montañas, ora cubiertas dejando pasar los algodones, buitres en la lejanía y dos guardas forestales que gustan dialogar con el caminante; un abuelo se queja de la escasez de níscalos, una familia murciana pretende acampar sin ser vistos, un padre muestra a su hijo como cambiar la velocidad subido en una bicicleta. Coches que van recordándote que pisas asfalto. Cortar leña para la chimenea, sentirse integrado en el entorno mientras el reloj camina inadvertidamente, casi me hacen olvidar mi encuentro con la ardilla: me la encontré en un árbol, jugó conmigo al escondite hasta que intuyendo mi intención, dejó que la retratase en diez ocasiones distintas con toda naturalidad. Más tarde tropecé con unos alegres cazadores que portaban orgullosos el producto de su tarde de gloria: un enorme jabalí prestaba su tributo a la veda abierta.
La tarde se puso lluviosa, me coloqué el traje de agua y en determinados momentos, sólo, de pie, en medio de los árboles y sin escuchar ruidos, me pareció estar integrado de pleno con los vegetales que me rodeaban. Fotos para el recuerdo y de vuelta a la casa me dediqué a recopilar leña para el fuego.
El resto del día transcurrió con el resto del grupo contándonos nuestras respectivas experiencias.
TERCER DÍA EN LOS ROYOS
El día amanece lluvioso, frío y con profusión de viento. Los planes del día anterior se vinieron abajo, dedicándonos unos cuantos a una tarea y el resto del grupo a otra distinta. Unos se fueron a Segura de la Sierra y otros nos animamos a la aventura de El Espino.
En un coche nos adentramos por la pista forestal que conduce a la Fuente del Tejo, pero dado que no llevábamos el libro-guía, terminamos en un cortijo desconocido, luego de habernos pasado y haber tenido un encuentro con dos fieros perros dispuestos a ser atropellados por el vehículo. Cuando pusimos pie en tierra, las cosas cambiaron aunque sin saber a ciencia cierta, cual era el camino idóneo. Un río revoltoso, la presencia del pino negro y la llovizna, eran las notas destacadas. Algunos acebos, un buitre por encima de las nubes y el bosque frondoso nos hacían presagiar un paseo relajado. Tras varios titubeos tratando de encontrar la ruta buscada acabamos bajo una lapa, esperando que amainara la lluvia. Regresamos al coche justo cuando comienza a granizar y desde ese momento hasta llegar a la casa de los Royos, vivimos momentos espectaculares entre la lluvia, las nubes, las formaciones rocosas y el inicio de tímidas formaciones nevadas en las márgenes del camino.
La tarde la dedicamos en pasear por los alrededores en medio de una semioscuridad que al final nos obliga a buscar un camino conocido en lugar de aventurarnos en el bosque. Fina lluvia, frío y el sonido del viento hacen del valle un lugar solitario, tenebroso a veces, pero con una atracción que te hace sentirte un miembro más de la tierra que pisas.
Chimenea, villancicos y una improvisada tuna conmemorando el día, completan la jornada, vivida una vez más con toda la intensidad posible.
DE VUELTA
Aprovechando mi rápido despertar y la posición de la cama, salí a apurar los últimos minutos de bosque, aguantando como podía el gélido ambiente. Algún pajarillo y las impertérritas quejas eran la representación faunística para tan temprana hora. Realicé mis últimas fotos del lugar y poco a poco terminamos montados en los coches camino de Orcera. Allí nos despedimos de la casera y con el punto de vista puesto en Úbeda nos fuimos alejando de la sierra con la sana intención de regresar a aquel lugar donde tanto se ha quedado por descubrir.
Volvemos por Cortijo Nuevo, Cañada Catena, Cueva de Ambrosio...tratando de apurar hasta el último momento la esencia de un verde cada día más difícil de conseguir.
Úbeda significa otra cosa; otra historia, algo que no tiene nada que ver con la sierra, los olivos y el mundo rural del Segura. Allí hay escaparates, grandes edificios y una ciudad monumental que precisa una visita más minuciosa.
JOSÉ RODRÍGUEZ INFANTE

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