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Arruillo

Juana

Publicado el 31/07/2007 a las 10:04 en Relatos
Ella era sencilla, con la piel ténue, morena por línea paterna y la cabeza, mar de olas. El profesor la llamaba Jiménez, pero a ella le gustaba ser reconocida por su nombre de pila: Juana. Los apuntes y los libros formaban parte inseparable de su ser, como podían serlo sus guantes o sus prendas íntimas. Cada día recorría las solitarias calles de su residencia, soñando con el momento del paso definitivo. La alegría de su rostro enmudecía por instantes y un escalofrío inundaba la dermis de la muchacha, haciéndola temblar sin remedio. Siempre tuvo esa misma sensación desde que era pequeña y los motivos muy variados. No le prestaba demasiada importancia, aunque cuando sucedía, lo pasaba muy mal.
La casa donde habitaba tenía espacios interminables que, especialmente al atardecer se llenaban de múltiples seres ignotos, que pululaban a sus anchas. La luz artificial no ofrecía las garantías necesarias para una concentración en la importancia del número pí; de repente, solía sorprender y elevar a la categoría de reina a las acechantes sombras. Juana, como primera reacción optaba por echar la cabeza sobre la mesa e impedir con sus brazos una audición adecuada. Perdida la noción de la letra impresa, el círculo protector desaparecía y los seres avanzaban lentamente hacia la mesa de camilla. La silla de enea y las apretadas carnes de la joven, formaban una indisoluble unidad pétrea, que tan sólo podría quebrarse por la acción de un potente martillo. A veces volvía a llenarse la estancia de claridad y, poco a poco, Juana recobraba su conciencia de estudiante olvidándose de todo lo demás y en otras ocasiones el cerrojo de la puerta de la calle le anunciaba la presencia de alguien, daba igual quien fuese. En cualquiera de los casos, los seres ignotos, retrocedían a sus guaridas a la espera de una oportunidad más idónea.
Nunca pensaba en ello, pero en su cerebro, en ese rincón donde se sitúan las notas que no se transparentan, Libitina esgrimía una amplia sonrisa de complacencia.
El día que ocurrió la desgracia de Joaquinito, el encargó el profesor:
-         ¡Jiménez!, tú llevaras la corona.
Fue un mal día, cierto, pero la batalla la ganaron contundentemente los seres ignotos. Sus amistades y sus libros le volvieron a la cotidianidad. La proximidad del final de curso se encargó del resto. Juana se enamoró de un apuesto compañero de clase, con el que procuraba sentarse todos los días, so pretexto de ampliar conocimientos académicos; el corazón quería salirse del pecho y las manos le temblaban ante cualquier insinuación o mirada indiscreta. Los demás lo sabían y procuraban poner en evidencia los acontecimientos, pero la joven se conocía bien los artículos del código moral y lo primero era lo primero. Los seres ignotos encontraron un muro de resbaladizos ladrillos, y hubieron de esperar a que minúsculas grietas permitiesen su accesibilidad. Llegar a la casa de blancas paredes y no encontrar a persona alguna en su interior, obligaban de inmediato a un registro de cada habitación o, de lo contrario, había que optar por acudir a otra casa próxima donde quemar algunos minutos de sufrimiento. La charla o la taza de café abrían las puertas de par en par al compañero apuesto o a las comarcas del pan y el vino. Libitina sabía que no era el momento idóneo para intentar ningún ataque y se limitó a actuar sobre el pajarillo cantor que tantas tardes había compartido sus horas con la muchacha. Pasó.
Los acontecimientos parecían decantarse sin paliativos una sofocante tarde que Juana se vio sorprendida en el umbral de su casa: se trataba de su vecino, amigo de la infancia y al que cada día veía sonreír abiertamente. La charca, los remolinos del agua, ahora estaban bajas las defensas, no existían libros y el joven apuesto se ausentó de su dietario. Se hundió sobre la frescura del cemento, trasladándose con toda rotundidad al lugar donde Libitina posee su reino. En su piel marcaron negros caprichos indelebles al bisturí. Juana vertió agua marina y continuó el camino. Otro día había que pasar por un callejón estrecho – se trataba de una prueba – a esa hora en que tan sólo las estrellas poseen la llave de contacto.
La muchacha era fuerte junto a sus amistades y sabía que otros lo habían conseguido. Estiró al límite sus calcetines y serena se introdujo en la negrura: en los primero metros podía oír los comentarios de todo el grupo - aunque estaba prohibido hablar - pero conforme se iba adentrando en auque eterna oscuridad le fueron abandonando las fuerzas y los seres ignotos se frotaban las manos. Brillantes ojillos aparecían y desaparecían; monstruosas formas le hacían pegarse a la pared...ya no se oían comentarios, ni voces; el croar, los ladridos, el viento, eran los únicos sonidos perceptibles. La joven había perdido el escudo protector y atrás se le cayeron sus morfemas, su amor, sus casa. De Libitina, ni se acordaba, a pesar de que aún sangraba la herida; el corazón buscaba salida a través del montículo carnoso; las piernas como lánguidos gamones...chapoteó los últimos metros, tropezó, guardó el equilibrio, y llegó al extremo del callejón donde – ocultos –sus amigos pretendían asustarla. La dosis de valor adquirida le hacían insensible; ellos se miraron unos a otros sin entender que estaba ocurriendo.
Un mes de octubre cuando los surcos abrían la tierra y las calles se llenaban de cachorros con libros bajo el brazo, Juana abandonó el silencio de largas tardes y se adentró en la selva del asfalto. El carmín y la pintura de ojos se le hicieron habitual y la palabra Universidad la dibujó al comienzo de cada uno de sus folios. Los seres ignotos y Libitina parecían haberse quedado definitivamente estancados en una cuneta del camino, o embriagados de humo maloliente; pero no era así, no tardaron en mostrarse ante la joven para que no quedase duda de su existencia. Libitina decidió emplear sus mejores armas y se lanzó a un ataque directo dejándose ya de ambigüedades familiares o próximas: ella era la elegida; el camino estaba ya lo suficientemente llano como para poder acceder sin necesidad de atajos. En el coche, Juana, era especialmente vulnerable: las noticias, los hechos cotidianos le hacían darse cuenta de la minúscula gotita interespacial que significaba su desplazamiento. Un fallo, un imprevisto...¿dolería mucho o sería instantáneo como el café?...¡no, no era para bromas!. Libitina había crecido desorbitadamente y se divertía sobremanera jugando con la ficha de salida. Pero no las tenía todas consigo; los seres ignotos no se mostraban dispuestos a ceder el terreno conquistado. Juana vivía sola; era el momento. Las cuarenta familias que tenía sobre su cabeza pasaban a la más completa sordidez cuando el manto de estrellas se posaba sobre el Sol. Las cuatro habitaciones eran registradas y cualquier crujir de muebles se convertía en sospechoso; bajo su almohada convivían desgastadas revistas equis y una navaja multiusos de apertura retardada. La física cuántica o la zona abisal podían quedar abandonadas en cualquier momento y con sólo un impulso del dedo índice situarse en igualdad de condiciones – según ella – para defenderse de cualquier eventualidad. Los seres ignotos marcaban, sin duda, la diferencia, pues ellos no necesitaban vigilar, ni dormir; terminaban apoderándose de aquello que les era más valioso. Juana despertaba entre trinos de jilgueros enjaulados al son de tubos de escape sin silenciador. Notaba algo extraño, pero el bullicio le hacía olvidarse pronto del asunto.
Libitina y los seres ignotos se sabían dominadores; pasaban los días y cada cual a su aire, había conseguido consolidar la posición. La llegada de un amor maduro, la creación de un hogar, la culminación de una carrera, formaban materia etérea que no desplazaban ni un centímetro a los conquistadores. Juana rebosaba color y sus ojos brillaban como dos focos incorruptibles. Más llegó el momento en que los poderosos comenzaron a dudar del éxito y fue entonces cuando decidieron establecer una alianza: formarían un todo que terminarían por desgastar las últimas defensas. Juana calló una tarde de noviembre, lluviosa, pensando en sus paredes de cal, amigos que fueron y libros ordenados por estanterías de madera. Vinieron a buscarla grises oficiales de servicio, mientras sus nietos, arrinconados, martilleaban a preguntas a cada célula de su cerebro. Libitina – atenta – rompió el pacto establecido y se dispuso a emprender un nuevo camino recién cubierto de albero.

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José Rodríguez Infante
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