Memorias de un monaguillo (II)
Publicado el 6/11/2007 a las 08:39 en Relatos
Vamos a seguir hurgando en el baúl de los recuerdos monaguilleros: toquemos el tema de las procesiones. En mi pueblo como en todos los pueblos, existe un santo patrón y una santa patrona que según la tradición popular, en alguna ocasión a lo largo de su existencia, tuvieron la ocurrencia de hacer que lloviera, convertir a algún endemoniado, sacrificarse en pos del cristianismo..etc, etc. El pueblo – la gente, para que nos entendamos -, en señal de agradecimiento le dedica un día al año; se celebran fiestas en su honor, se baila, se canta, se divierte uno hasta reventar, recordando a aquel valiente que murió de un zarpazo, pongamos por caso. Y también en mucho de los casos el santo o la santa es sacado en procesión por las calles del pueblo. Ahí es donde nos vamos a detener...el primero de la comitiva – en el caso de la Virgen del Rosario de mi pueblo -, es el sacristán, que vestido con ricas túnicas y cuello monumental, sostiene la cruz de guía; a su derecha e izquierda, dos monaguillos de sotanas rojas portan farolas, por si se hiciese de noche a lo largo del recorrido. Tras de ellos, dos columnas de fieles en el siguiente orden: primero los niños y niñas agarraditos de las manos y con sus vestiditos nuevos, después los mozalbetes barbilampiños, hombro con hombro, paveando con las chavalillas de tacones recién estrenados. Más atrás las señoras, devotísimas, ataviadas con grandes tocas y velos y con un rosario en la mano. En medio de estas dos columnas, “Diente de oro”, perfumando el ambiente con un olor a incienso que tiraba de espaldas. Tras él el paso de la Santa Madre, llevado a hombros por cuatro mozos que periódicamente se turnaban con otros a lo largo del recorrido. Estaban bien vistos estos mozos por la mayoría de la gente, aunque existía un sector de fieles que los consideraba tontos, porque siempre eran ellos quienes cargaban con el peso. La Santa en sí no presentaba notables diferencias con respecto a otras esculturas religiosas – a pesar de que los devotísimos fieles la consideraban la más guapa de todas -: su palio, sus velas, sus lágrimas y su mantón bordado en plata y oro. Tras la imagen las primeras autoridades del pueblo: el Alcalde, Comandante de Puesto, Secretario del Ayuntamiento...¡ah!...y D. Manuel. Todos vestidos con sus mejores galas. Por último queda por señalar, que al final de la comitiva se situaban los hombres; arregladitos, con sus caras quemadas hasta la frente y los brazos blancos hasta la muñeca, pareciendo que todos llevaban guantes. La procesión se inicia y toda la comitiva entona el Santo Rosario. Par mí era un auténtico gozo portar aquella farola al frente de la procesión, gallardeando a los ojos de mis amiguetes. Las calles adornadas para tal solemnidad con juncos, macetas, esmeradas colchas en los balcones, seguro que estarían rezando para que todos los días fuese el día de la Virgen del Rosario. De trecho en trecho, una mesa, reluciente y adornada, servía para que se produjese el relevo de los mozos – hombros al rojo vivo -. Por cada calleja un grupo de personas apelotonadas, contemplaban el paso de la procesión. Eran aquellas personas que no tenían tiempo, ganas o vestidos adecuados. El momento más emocionante para mi ficticia mente llegaba cuando la noche desplegaba su estrellado manto, pues era entonces cuando mi farol se encendía y avanzábamos entre las penumbrosas calles, bajo los sones característicos del Santo Rosario. Apenas un murmullo en toda la comitiva y de pronto se escuchaba un estruendo que a mí me parecía un cañonazo, pero que en realidad se trataba de un tiro de escopeta – salva en honor de la virgen -. Los chiquillos nos sabíamos las casas desde las cuales solían disparar y estábamos pendientes de ellas. Unas veces veíamos al escopetero y señalábamos...¡allí, allí está!.
De vuelta al castillo los pies iban hinchados, pero aún conservaban energías para correr tras las varillas de los cohetes – gozada de la cual siendo monaguillo no pude participar -. Por último y como culminación religiosa, en la explanada sita en lo que antaño sería patio de armas, tenía lugar una rifa curiosa y digna de destacar en cualquier memoria, sea monaguillo o no el que la suscribe: unos meses antes del día de la procesión, las devotísimas señoras encargadas de velar por la salvación de la Iglesia, se buscaban a unos cuantos colegiales para que les fuesen reclutando personas que pagando una pequeña cuota figurarían en la lista de participantes en la rifa. La lista en sí consistía en una enorme tira de papel, que luego las devotísimas señoras tenían la santa paciencia de recortar y formar con cada nombre y dirección un tubo de papel enormemente enrollado. Todos estos tubos entraban en un recipiente adecuado y una mano inocente se encargaba de decir quien era el afortunado que se iba a llevar la fanega de trigo.
D. Francisco Manuel Izquierdo, comenta en sus memorias que este aparente acto profano, tendría en sus orígenes fuerte raigambre religiosa si nos situamos en épocas pasadas donde una fanega de trigo podía sacar de un apuro a cualquiera de los fieles de entonces. En mis tiempos de monaguillo se alababa más el hecho de la buena suerte, que el trigo en sí. Esa persona ya tenía la bendición divina. Currillo ve en esto de la procesión, una ceremonia que igual que se lleva a la santa imagen se podría llevar un borrego – por poner una animalillo abundante en estas tierras – ya que quitando las devotísimas señoras y curas como D. Manuel, para el resto de la feligresía, aquello no dejaba de ser una fiesta en la que cada cual iba a su aire y en la que terminado el obligado recorrido, el Bar Central, Bar Julián y demás bares colindantes se veían abarrotados por sedientos fieles que en gran parte acababan emulando al Dios Baco y cagándose en la leche que mamó la Pepa que en toda la procesión no había dirigido ni una mirada al amante de turno. O sea, señores míos, para que nos entendamos...la Iglesia fija un día y pone un santo para celebrar un acto donde lo religioso brilla por su ausencia. ¿Ustedes lo entienden?...Currillo desde luego no.
Podríamos seguir recordando hechos de mis tiempos de monaguillo, como el de las bodas que entonces me parecían – insisto – una fiesta y que hoy me parecen de una absurdidad subida de tono, que de la noche a la mañana, uno esté legalmente capacitado para acostarse con una mujer. Hechos como declarar un Estado Católico Apostólico..etc, etc. y darnos la soberana tabarra durante todo el Bachiller con el Catecismo, la Historia Sagrada y demás elementos de la fe cristiana y dejarnos a dos velas respecto a las demás religiones que existen en este Planeta. Si estudiábamos los ríos y el alimento de los chinos ¿porqué no estudiar también su religión e incluso practicarla si uno se sentía con los ojos más rasgados de lo normal?. Podríamos – digo – seguir recordando hechos, pero mi vida monaguillera tampoco fue muy intensa, ya que pronto se me pasó la viruela, entre otras cosas porque “Diente de oro”, no dejaba su puesto y yo me aburría pensando que siempre iba a ser un monaguillo de segunda. Poco a poco dejé de participar en las tareas religiosas y como por otra parte no me unía a D. Manuel ningún contrato laboral, terminé por dejar de pisar la sacristía e incluso la iglesia, a la que iba los domingos por no tener otro sitio donde ir.
Currillo
JOSÉ RODRÍGUEZ INFANTE
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