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Arruillo

El cohete

Publicado el 13/12/2007 a las 08:42 en Relatos
EL COHETE
 
15 de Agosto
 
                       Desde primeras horas de la tarde la estrecha carretera, estaba teniendo un tránsito de vehículos anormal para sus dimensiones. Los más jóvenes daban los últimos toques a sus barracas o ponían las coloristas bombillas en la plaza de San Mateo. La prueba de la iluminación no tardaría en llegar y ese momento era importante porque de él dependía que el hombre del turrón encendiese su lámpara de gas o no. Y no sería porque “El Chupo” no lo tenía avisado.
 
-         El día menoj pensao, en una dejta prueba formamo un sipisape..pero si ej que no puede sé. El alcarde se cree que se letrisijta ej se mago o argo por elejtilo.
 
Las jovenzuelas ávidas de otros mozos que no fuesen los de siempre, esperaban intranquilas de una lado a otro de la carretera la llegada de la camioneta, donde siempre solía venir algún pariente inesperado que traía a otro no menos inesperado amigo.
Y los más pequeños rodeaban al camión del tiovivo no perdiendo detalle de todo cuanto trasto bajaban al suelo. Allí en medio de toda una marabunta de cables, adornos, tablas..etc. se encontraba Curripepe – descalzo, sin camisa, negro a rabiar – ayudando con todo el amor de su pequeño cuerpo para conseguir que mañana o pasado, cuando todo el mundo estuviese disfrutando de los cacharritos, él también pudiese hacerlo. 
  Unos metros más adelante, la “caseta”, ultimando los remates y con los músicos en lo alto del tablado poniendo a punto sus instrumentos.  
Pronto la luz natural desparecería y en mitad del paseo de San Mateo el Alcalde, el Comandante de Puesto y el Cura – por este orden – encendieron las mechas de los primeros cohetes, inaugurando oficialmente las Ferias y Fiestas.
-         Que poco me gustan a mí esos cohetes en medio de tantos cables –comentaba apoyado en su bastón, “Félix el vasco” -.
-         ¡Anda ya abuelo!. No pasa ná, no seaj pesimijta -le decía Rosa -.
-         Pero ¡hale! ¡qué haces aquí al lado de ese manojo de viejos?.¡Venga hija, vete a saltar a la caseta!.
 
16 de Agosto
                      La Plaza de San Mateo era un bullir terrible a las nueve de la noche. Dos camionetas repletas habían llegado de los pueblos colindantes no cesando de llegar forasteros. Los improvisados camareros no daban abasto para saciar las secas gargantas. El tirapichón, la tómbola, los cacharritos, las barracas, los bares...¡todo estaba rebosante!.
 
17 de Agosto
                      La banda de música recorría las calles del pueblo tocando una diana de despedida, era su último día de feria. La mayor parte de la gente dormía profundamente al paso de la banda; algunos se despertaban al paso de la banda dando media vuelta y otra vez a soñar con el bullicio y el cante. María José no había podido conciliar el sueño a pesar del cansancio, la noche pasada era inolvidable...aquel joven músico le hizo sentirse en otro mundo distinto al del pueblo, sus padres y sus libros.
Los autobuses y coches forasteros abandonaron de madrugada los aledaños de la Plaza San Mateo. De uno de los autocares salió a poco de empezar el motor a funcionar la figura pequeña y negra de Curripepe; cuando el relente de la noche se hizo notar y ya estaba harto de feria, decidió irse a su choza, pero a pocos metros de ella se detuvo la escuchar las voces de su padre que a patada límpia estaba poniendo el cortijo boca arriba. Dio media vuelta y se fue en busca de un lugar más seguro; lo encontró en el autocar donde las cómodas butacas le vinieron como agua de mayo. Con los pelos de punta y los ojos hinchados por haberse despertado antes de tiempo, se arrimó al puesto de los churros, donde el calorcillo de la perola resultaba gratamente reconfortante. Allí aguardaría hasta que alguien le diese algunos churros o apareciese alguno de sus hermanos, diciéndole que ha podía acercarse a casa.
Mientras tanto en la Plaza San Mateo los abuelos continuaban discutiendo sin acalorarse, sin levantarse del banco y liando un cigarrillo de vez en cuando. En cada ocasión lo hacía uno distinto, porque resultaba relajante toda la parsimonia de sacar el tabaco, papel y demás detalles. Las imágenes grabadas cuando la soledad de la plaza fuese su única compañera, le ayudarían a revivir los días de feria como un consuelo para hacer más llevadera la monotonía diaria.
Por la tarde, a las cinco, venía marcado en el cartel anunciador, la gran carrera de cintas. Curripepe a lomos del mejor de sus burros estaba acaparando la mayoría de las cintas, sin aparejos, sin adorno alguno, tan sólo con una cuerda atada a el hocico del animal, estaba dando todo un curso de monta. Ya por la noche, con menos gente que en día anteriores, todo el mundo se disponía a dar buena cuenta de las pocas horas que quedaban de Feria y Fiestas. Lo que nadie podía imaginar era que el final de esta feria iba a ser recordado por algo más que el aguardiente y el relente de la madrugada. Así al encender la mecha del primer cohete el estruendo fue horrible, de un punto cercano a las autoridades salían como fugaces estrellas que iban a tropezar con algún objeto que contundentemente les cortaba el paso; cada cual corría o se ocultaba donde buenamente podía y hasta los borrachos dejaron de estarlo.
Al cesar los estallidos una polvareda blanquecina lo cubría todo. Pronto los dispersos gritos se fueron aglutinando en un punto y comenzó a formarse el corro de personas alrededor de los dos desgraciados que habían resultado alcanzados directamente por la polvora maldita.
-         ¡Sacadme ejto! ¡¡Por Dio, sacadme ejto!! – gritaba fuera de sí El Chupo -.
-         Tranquilo muchacho – le decía la primera persona que se acercó a él sujetándole el brazo herido -.
-         ¡¡Traed unaj tijera!! –gritaba otro -.
-         ¡¡Al médico!! ¡¡Bujca al médico!! – gritaban unos cuantos -.
 
Varios minutos después un coche partía por la estrecha y sinuosa carretera llevando a los dos paisanos al hospital más cercano donde El Chupo juraría no volver a acercarse a un cohete por el resto de sus días.
(Extracto del relato del mismo título de la Colección "Una noche encuentadora")
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JOSÉ RODRÍGUEZ INFANTE

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