Diario de un viaje. Ida y vuelta a Uruguay
La noche anterior nos buscamos otro hotel algo más barato donde pasar nuestras últimas horas argentinas: en nombre era Esplendi o algo por el estilo, aunque de espléndido tenía poco, eso si la plata, era la mitad que en el Impala y además no había que pagar por adelantado: estaba en la Avenida Rivadavia 950, próximo al Obelisco y por tanto al alcance de nuestros pies desde la casa de los niños.- Estaba cansado, así que mientras que Victoria veía en la tele uno de los últimos capítulos de “Vientos de agua” con Eduardo Blanco – artista que conocimos en una de nuestras salidas a Palermo-, yo fui cogiendo el sueño y me quedé frito al poco tiempo.- La habitación era tranquila, así que hasta las siete de la mañana que llegaron unos albañiles próximos, el asunto fue bien, luego comenzaron los porrazos y un vaso de cristal que se había quedado en el lavabo, terminó echo añicos.- Bajamos a desayunar bajo la sombra de dos sospechosos jamones que colgaban del techo del restaurante: un café incalificable, biscotes y el popular bollo en forma de cuerno, más conocido como media luna.- Mientras Victoria subió al piso y arreglaba algunas cosas, yo cogí el micro número 67, cuyo recorrido ya conocía, y fui hasta la agencia Growps para recuperar nuestro paraguas y otra copia de dvd, de los días que estuvimos viendo las cataratas: les di las gracias a los chavales por el trabajo realizado en la recuperación de nuestras pertenencias y ellos me pidieron que los recordase como agencia.- Ahí quedó la cosa.- Luego emprendí una buena caminata en el transcurso del regreso, sin cámaras de por medio y haciendo ejercicio puro y duro: Iba demasiado abrigado y me terminó sobrando toda la ropa que llevaba.- Los sitios, la gente, los mil y un detalles ya me resultaban familiares por lo que las ganas de hacer fotos ya habían pasado.- Antes de comer visitamos el Teatro Colón – uno de los grandes atractivos de esta ciudad-. - Como todo lo que vemos con cierta historia es impresionante su aspecto interno: una guía nos cuenta mil y un detalles y la demanda por visitarlo es constante.- Conocemos parte de su historia, anécdotas y distintas plantas donde se nos muestra un poco de todo, aunque sin gente trabajando o ensayando por ser lunes; la tremenda araña del centro que se ilumina en las actuaciones sirve al tiempo para que los músicos toquen desde allí cuando hace falta efectos especiales: asombroso.- Comemos en casa unos garbanzos y unos tomates con atún que saben divinos y sin mucho tiempo de espera nos desplazamos en taxi hasta el nuevo hogar de los niños, sito a cientos de cuadra del actual.- Allí conocemos al resto de la familia y el estado de las obras: hace frío.- Por la noche teníamos una cita con Lola Landa, que lleva unos días por aquí, así que en otro restaurante coquetón despacho una sabrosa grillada a la pachamama, acompañado de un postre fundamentado en dulce calabaza.- Una velada entretenida y vuelta al hotel para pasar nuestra última noche porteña en el mismo hotel de la noche anterior y con los nervios propios de una jornada venidera en la que hay que atar unas cuantas cosas antes de llegar a la ciudad de la Giralda.
JOSÉ RODRÍGUEZ INFANTE
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