Las Casas Baratas
La zona se convertía en un hervidero, donde la capacidad imaginativa hizo grandes progresos, era un medio nuevo, un gran juguete que los adultos habían puesto a disposición de ellos, a pesar de que nuestras madres no están muy de acuerdo y cada tarde salía algún mocosillo con las orejas coloradas corriendo para su casa. Luciano y Juan Pérez, “Gran Jefe Blanco” y “Pluma de Gallina”en otros tiempos, habían establecido en el corto espacio de una semana cinco juegos distintos con su reglamentación correspondiente. El más espectacular de todos consistía en ir saltando de zanja en zanja y cruzar el amplio abanico de grietas en el menor tiempo posible; ello traía como consecuencia que más de uno cayese perdiendo el equilibrio, al fondo de la grieta donde lo menos que le podían pasar era llenarse de barro. Arañazos, moratones, ropas desgarradas era el precio que cada tarde pagaba la chiquillería por divertirse unas horas; luego, en casa, cada cual ocultaba como podía las distintas señales; para unos había reprimendas, para otros azotes; más al día siguiente continuaban sus juegos.
Terminó el divertimento la tarde en que Juan Burra volvió a su casa con un brazo partido; Desde entonces el laberinto de zanjas tan sólo vio corretear por su seno a un borrego víctima de un despiste y que una mañana encontraron los hombres medio muerto de frío y con cochino de Cayetano “el porquero” que como era tan descuidado no lo había echado de menos. El animal se encontraba tan a gusto en el barro que permaneció tres días sin que nadie se percibiese de su presencia. El susto fue para el capataz de la obra, que se le ocurrió ir a mear justo adonde estaba el pobre marrano. Se miraron ambos fijamente hasta que en un momento dado, el cochino salió corriendo en una dirección y el capataz en otra.
Y al poco tiempo, aquel paraíso laberíntico vio rellena sus entrañas con un material tan duro y resistente como para sostener un edificio. Se habían echado los cimientos de lo que habría de ser el barrio de las Casas Baratas. Ladrillo a ladrillo, piedra a piedra, y tapia a tapia, aquel descampado veía florecer cada día una estructura nueva, un orden desacostumbrado en el barrio. La amplia casa blanca con su enorme corral, despejadas cuadras, tejados relucientemente rojos, había dejado paso a un conglomerado donde todas las dependencias estaban un paso una de otra, donde personas y animales iban a tener que dormir casi en la misma cama. No obstante una serie de materiales inusuales en la construcción que hasta entonces se había realizado en todo el pueblo estaban dejando boquiabiertos a aquellas personas que ya se estaban preguntando como se las iban a arreglar para poder hacer sus necesidades en un sitio tan estrecho y como iban a dar con su portal si meterse antes dos veces en el del vecino. De cualquier forma, esto tampoco les quitaba el sueño pues todavía no estaba claro quienes iban a ser sus inquilinos, ni cuando se ocuparían.
Mientras que los adultos pronosticaban sobre las ventajas e inconvenientes de este nuevo barrio, para los más pequeños vecinos del Llano Barrio, continuaba siendo este obra motivo de entretenimiento continuo. Luciano y Juan Pérez junto con toda su trupe, habían encontrado un nuevo juego: las casas comenzaron a crecer pero sin puertas ni ventanas que evitasen la entrada de la chiquillería. Resultaba de una gran agudeza el truco de salir corriendo, meterse en el estrechísimo cuarto de baño y cuando el perseguidor creía tenerlas todas consigo, el perseguido se había escabullido por el agujero destinado a sostener la taza blanca, de ahí a la cuadra y de la cuadra a la calle. Realizar malabarismos por las estrechas viguetas del techo también daba mucho prestigio, pero tenía el inconveniente d que si era visto algún intrépido malabarista por alguien que lo conociera, del tirón de orejas o alpargatazos en el culo no lo salvaba ni el propio Juan Pérez a pesar de su influencia. Como siempre, ésta nueva serie de juegos acabó de forma poco grata: en esta ocasión le tocó el turno de dar por finalizados los juegos a Manolito el de “la guita” que cierta mañana se le ocurrió contar con los dientes los escalones de acceso al segundo piso se le quedó la boca como un peine despuntado.
Los días fueron pasando, llovió, hizo calor, llovió de nuevo y donde antes no había más que un descampado, un ordenado e impersonal barrio compuesto por una treintena de viviendas gallardeaba de su altura frente a las puertas traseras de las populares casas del Llano Barrio. Se acabó el trabajo para los hombres y tan sólo uno salió beneficiado por más tiempo que los demás: José Antonio Suero, que a partir de entonces llevaría en sobrenombre de “el guarda de l as Casas Baratas”. Los más ancianos del lugar contemplaban horas y horas la belleza frívola de aquellas casas que parecían recién terminadas de lavar y peinar. Los posibles moradores ansiaban desesperadamente el momento de saber si las iban a ocupar o no. Y mientras tanto Luciano, Juan Pérez y compañía habían tenido que volver a ser “Gran jefe blanco” y “Pluma de gallina”. Al principio “el guarda” les dejaba que paseasen por la calle que formaban las dos hileras de casas, pero pronto tuvo que prohibir su pase, pues estos comenzaron a esconderse por entre los recodos de puertas y ventanas y el gordito de José Antonio Suero se pasaba gran parte del día corriendo detrás de uno u otro y no era aquello lo que le prometieron cuando lo contrataron.

Una noche –para muchos chiquillos inesperada-, las calles del pueblo vieron resplandecer vivamente las paredes de sus casas iluminadas por grandes bombillas y focos cuya energía ya no era producida por la fábrica; Decían que era la Compañía Sevillana la que ahora suministraba tal potencia lumínica. Las calles rebosaban de gentes en todos los sentidos; la alegría era más que considerable. Luciano, Juan Pérez y toda su trupe corrieron de un lugar a otro para terminar la fiesta en las solitarias Casas Baratas, que ahora con la iluminación parecían estar de gala.
Toda esta alegría desbordante no era compartida por el guarda que ahora además iba a tener que vigilar de noche. Esto junto con que dos días antes ya habían conseguido los chiquillos subirse a los tejados de las casas, hizo que el menos gordito José Antonio Suero, el “guarda de las Casas Baratas” presentara su dimisión
Los primeros inquilinos de las Casas Baratas fueron una familia de gitanos que a la vez que habitaban bajo un techo decente, suplían la vigilancia que antes ostentara “el guarda”. No duró mucho esta situación. Los gitanos habían nacido para vivir bajo las estrellas alrededor de una fogata y aquellas cuatro paredes les aprisionaban. Como vigilantes eran perfectos puesto que los chiquillos les temían y no merodeaban por el reluciente barrio como antes lo hicieran. Un nuevo capítulo rayano en lo grotesco vino a poner fin a la estancia gitana: uno de los once hijos de “el Marué” se encerró un día en el water de tal forma que hubo que sacarlo por el pequeño espacio que mediaba entre la puerta y el techo. Aquel pedazo de carbón recibió tales arañazos en la barriga que sus gritos pudieron oírse desde el otro extremo del pueblo.. Marué le dijo al alcalde que aquello era una cárcel y que se ganaba más trabajando en el campo.
Desde entonces las Casas Baratas comenzaron su declive. Los tejados se vieron llenos de hierbas, sandalias, papeles... Los gorriones encontraron una colonia digna de explotar con miles de agujeros donde construir sus hogares; las golondrinas llenaron las paredes con sus arquitectónicos nidos de barro; ovejas, cabras, burros, mulos... pastaban como si no hubiese edificios. Alemania, abrió sus puertas de par en par y los posibles moradores dejaron definitivamente de serlo.
Luciano, Juan Pérez y demás vivieron la etapa más gloriosa de su vida; disponían de todo un barrio para hacer y deshacer a su antojo. Tan sólo de vez en cuando aparecían por allí el municipal o la pareja de la Guardia Civil; pero el servicio de vigilancia establecido por la chiquillada era tan perfecto que jamás pudieron cogerlo. Puertas y ventanas se abrieron para nunca más cerrarse; tan sólo permanecieron inamovibles los grandes portalones traseros porque servía de defensa. Tales ventajas hicieron posible la presencia femenina, cosa que hasta ahora no había tenido lugar, encontrando un lugar inmejorable para jugar a las casitas. Los ancianos también arrimaron el hombro a los grandes lutones donde tomaban el sol protegidos de aires impertinentes.
Y a la llegada del invierno, los vecinos más próximos a las Casas Baratas decidieron hacer buen uso de ellas, antes de que un mal viento las redujese a escombros. Así las cuadras fueron usadas para lo que habían nacido; los corrales se convirtieron, bien en refugio de los cochinos de Cayetano o bien en rincón ideal para las gallinas.
La chiquillada vio reducida el número de casas a su servicio pero no importaba, quedaban muchas para jugar, destruir o abandonar. Luciano y Juan Pérez fueron encargados de un trabajo que tomaron como juego sin pensar en la malicia de los adultos: puertas y ventanas eran arrancadas, las tazas blancas del cuarto trasero transportadas a lugares seguros, tejados desprovistos de su cubierta roja para dejas al descubierto los nidos de gorriones... los grandes corrales del Llano Barrio se transformaron en improvisados almacenes de materiales de construcción. Claro que por aquello de lo que mal empieza... etc., cierto día corrió la voz por El Llano Barrio de que se iba a realizar por parte de la autoridad competente un minucioso registro de casa en casa dado que del barrio de las Casas Baratas habían comenzado a desaparecer indebidamente puertas, ventanas y otros materiales. La alarma cundió entre los beneficiarios de Luciano y Juan Pérez terminando la mayoría de los materiales pacto de las llamas; algunos más atrevidos optaron por ocultarlos como buenamente pudieron en espera de tiempos mejores.
El invierno por esta vez no iba a pasar de largo y el techo de la primera vivienda de la parte alta se hundió una noche sin que por esta vez hubiese arañazos o brazos rotos. Aquello fue un mal presagio porque precisamente esa vivienda era la menos castigada por la chiquillada. Ello no fue obstáculo para que los juegos continuasen; por más que se lo prohibían, los chiquillos veían en las Casas Baratas una ciudad encantada donde corretear a sus anchas. Tras esa primera vivienda, otras también se vieron desprovistas de la techumbre; cada día que pasaba era más clara la idea de que El Llano Barrio volvería a contar con una explanada en el mismo lugar que no hace mucho la había. Así sin que nadie se lo esperase cuando Juan Pérez se dirigía en busca de su amigo Luciano para ir a las Casas Baratas observó un movimiento inusual de gente por los callejones que conducían al Llano; esto y una densa polvareda que envolvía todo el barrio fueron motivos más que justificados para que saliesen corriendo con todas sus fuerzas dispuestos a ver que pasaba.
El espectáculo ofrecía aspecto sepulcral de primera magnitud: protegidas las cabezas por sus gorras grasientas, lo más ancianos comentaban sorprendidos el avance de la técnica; como antes había que derribar las casas a martillazos a hora con esas máquinas todo resultaba más fácil. La gente adulta que curioseaban, algunos con la canasta de la compra bajo el brazo, les dolía la boca de repetir el gasto tan inútil y el derroche de dinero que se había empleado en aquella construcción. Los más pequeños, pantalones cortos y cachos de pan con agua y azúcar, contemplaban nostálgicos el derrumbamiento de horas y horas de sus vidas. Cuando las máquinas cumplieron su cometido el barrio de las Casas Baratas pasó como un fantasma quedando tan sólo en el recuerdo de aquellas atónitas gentes.
José Rodríguez Infante

