Me gustaría que el horizonte se reflejara en tus ojos y que no lloviera nunca.
Te imagino ante una ventana, abriéndola, escuchando el canto de las aves. Sobre la rama de un árbol que te presta su sombra contemplas un pájaro y ves lo que ven sus ojos. Vuela el pájaro y sientes las nubes acariciando tu rostro. Los niños te divisan y te llaman bailando. Se acerca el pajarillo y las manos diminutas templan tus alas. Los niños te besan y tú les cantas las canciones que saben los pájaros, canciones sin palabras que sólo entienden los niños. Tu rostro sonríe en la ventana sobre el horizonte infinito y los niños te dejan buscar de nuevo el cielo. El pajarillo ve a las personas tan pequeñitas, tan pequeñitas que sonríes de nuevo y iluminándose la mañana en tu interior, para los niños, para las personas pequeñitas y el pajarillo vuelve a la rama frente a la ventana devolviéndote tus ojos, sintiéndote un poco más niña, un poco más pequeñita. Sonriendo.
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