Me pregunto qué coños estoy sintiendo por María. A veces experimento un cariño tan profundo que pienso sencillamente que la amo. Otras veces, no encuentro ese sentimiento. A veces me aburro con ella. Otras, cuando no estamos juntos, quiero volar y encontrarla al instante. Es algo tan delicado para mí, tan frágil… Cuando corre peligro todo se hunde en mi mente. Cuando ella llora me ahogo en su dolor.
El sábado por la noche me decía que se encontraba más alegre, mas contenta. Y me invadió una alegría serena y profunda, un bienestar. Pero todo cambió al día siguiente. Ella se derrumbó, las cosas se caían a mi alrededor y yo con ella. Todo me hizo retroceder a febrero, marzo, abril y mayo, los cuatro meses más angustiosos de mi vida.
Hoy hablé con ella de nuevo y sigue mal, desestabilizada. No me ha contado todo pero yo lo sé. ¡Ojala sea verdad que el cabrón haya encontrado una nueva mujer! A ella la compadezco, pero es lo mejor que le puede ocurrir a María. Sin embargo, no me lo acabo de creer. No sé por qué. Mi desconfianza hacia el cabrón es radical. Pienso que puede ser una mentira para que María baje la guardia, que es lo que siempre hace cuando se van a ver.
Ojalá sea verdad, ojalá, ojalá.
Ayer quise hacer un nuevo pacto (todavía sigue en pie si alguien me escucha): mi vida a cambio de su dicha, de su tranquilidad, de su paz, de su esperanza, de su futuro, de su felicidad. Aunque sea al lado de otro hombre.
Aunque ojalá fuera conmigo y yo encontrara también todo eso a su lado. Sería mi sueño, mi fantasía más estimada, mi objetivo final. Y tener hijos con ella y cuidarlos y hacerlos crecer felices.
¡Qué anhelos tan lejanos! |